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¿Apuesta estratégica?


Fotografía: pérez-jasso


La crisis de la educación amenaza a millones de mexicanos que en el corto plazo se verán relegados del mercado laboral. En la enseñanza se invierte mucho y mal mientras la competitividad de la economía cae a pasos agigantados.


La gran riqueza de México ni está en su petróleo ni enterrada en el fondo del mar. El verdadero tesoro del país proviene de 45.5 millones de mexicanos cuyo capital humano representa 3.42 billones de dólares. Se trata del monto que mide el valor del capital humano, que representa el 56% del acervo de capital de la economía nacional y que incluye el capital físico de las empresas, hogares y recursos naturales para consolidar un acervo de 6.09 billones de dólares.


Sin embargo, este patrimonio está en riesgo. Los problemas estructurales de la economía para competir, pero sobre todo el rezago educativo, están provocando el estancamiento de esta riqueza. Además, la crisis educativa se está convirtiendo en el preámbulo perfecto para una crisis laboral: pocos empleos y mal remunerados, es el escenario que vislumbran algunos analistas. De hecho, actualmente muchos jóvenes con una licenciatura están desempleados, según los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEG). Si bien, el estancamiento de la economía, que este año cerrará en niveles de 2.6%, obstaculiza la generación de empleos, también la oferta de carreras no está respondiendo a la demanda del mercado.


“México tiene un grave problema en materia de educación, está transitando por su peor momento histórico; la matrícula universitaria es bajísima, de los mexicanos entre 19 y 25 años, sólo el 23% de los jóvenes recibe educación superior mientras que en otros países, el 80% de su población en este segmento está matriculada”, dice René Drucker, investigador emérito de la UNAM y ex presidente de la Academia Mexicana de Ciencias.


En 2006, el Banco Mundial dio a conocer el estudio ¿Dónde está la riqueza de las naciones?, con el cual buscó sentar nuevos paradigmas en materia de políticas públicas para los países en vías de desarrollo que necesitan cumplir los Objetivos de Desarrollo Sustentable del Milenio. “Resulta ilusorio pensar que el crecimiento sólo debe basarse en la minería o en explotar recursos naturales”, advirtió el organismo multilateral.


En efecto, rumbo al 2015 y como lo previó el BM, se confirma que México no concentrará su principal activo en sus yacimientos petroleros o en sus grandes reservas de minerales sino en su capital intelectual: en su gente, en sus profesionistas, en sus estudiantes. La estrategia para potenciar estos activos aún no se desarrolla.


El patrimonio natural y no renovable de un país, dice el BM, debe explotarse de manera sustentable: para construir los verdaderos activos de largo plazo: el capital intelectual y la riqueza intangible. El BM ejemplifica: “Si Venezuela, Trinidad y Tobago y Gabón, naciones ricas en petróleo, estuvieran aplicando una estrategia de inversión en activos –incluyendo a la educación— su riqueza per cápita sería de 30,000 dólares, casi igual que la de la República de Corea.”


El mismo ejemplo podría aplicarse en México que, junto con Brasil, ha logrado tasas importantes de ahorro. Incluso, están dejando la posición de deudores para convertirse en acreedores de capital. Pero algo no está funcionando.


RIQUEZA ESTANCADA
México, a pesar de algunos logros, comienza a mostrar una tendencia preocupante de aletargamiento. “La posición de México por debajo de la línea de regresión (ver gráfico) sugiere que el país tiene un porcentaje de su riqueza total en la forma de capital intangible menor al que se esperaría dado su nivel de riqueza per cápita”, concluye un estudio sobre el tema realizado por Rodrigo García Verdú, ex investigador del Banco Mundial.


La razón, dice el experto, es, en buena medida, que México cuenta con abundantes recursos naturales, lo cual aumenta el porcentaje de la riqueza total que posee en la forma de capital natural, el 13.7%, de acuerdo con las estimaciones del BM. Sin embargo, el estancamiento en la participación del capital intangible en la riqueza total de México se debe al pobre desempeño del sistema educativo nacional pero también a la ausencia de políticas públicas que liguen los programas educativos con el desarrollo sustentable y competitividad de la economía.


La reforma energética es relevante, sin duda, pero debe dirigirse a ofrecer una base de competitividad al capital intelectual del país, agrega García Verdú.


El año pasado, la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SCHP) aprobó para la educación un presupuesto equivalente al 5.5% respecto del PIB; sin embargo, hace apenas algunos años llegó a destinar más del 7.5%. El problema, entonces, no son los recursos sino la estrategia para invertirlos. De hecho, México gasta más en promedio respecto del PIB, en educación que muchos países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).


Los datos son contundentes: el 81% de la matrícula universitaria se concentra en las carreras económicas y administrativas. Se está dejando a un lado a las carreras de corte científico, dice Drucker.


En el terreno económico, pero sobre todo en la dependencia que exhiben las empresas y consumidores mexicanos de recursos tecnológicos del exterior, este bache ya tiene consecuencias. En 2006, de acuerdo con los datos más recientes dados a conocer por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT), se presentaron 574 solicitudes de patente por parte de mexicanos, de las cuales sólo se autorizaron 132. Los japoneses, en cambio, solicitaron y obtuvieron 289,000 patentes. Más allá de las asimetrías que revelan los indicadores para medir el nivel de innovación de una economía, la dependencia resulta aún más ilustrativa: el coeficiente de inventiva de México es de 0.05 %, mientras que el de Japón es de 28.84%. La relación de dependencia innovadora también es reveladora: en Japón la demanda de tecnología extranjera es de 0.15% y en México de 22%.


Así los problemas educativos están directamente relacionados con el incremento de este capital intangible que en el caso de EU y según el CATO Institute, constituye el 70% del capital total de las grandes empresas de esa economía que, junto con el gobierno federal, impulsan programas universitarios en la caza por los mejores talentos.


La educación en México se enfrenta a una verdadera crisis. Los resultados del Examen de Ingreso al Servicio Docente 2008-2009 lo confirman. De acuerdo con la Secretaría de Educación Pública (SEP), el número de aspirantes que presentaron el examen aplicado a nivel nacional y que no lograron acreditarlo fue de 47,809 personas, el 67% del total. Los resultados para el personal docente en servicio no son mejores. De los 17,000 maestros que presentaron la prueba, el 57.9 % lo reprobó y sólo el 42.1% obtuvo un resultado aprobatorio.


Las calificaciones obtenidas por los estudiantes mexicanos en la Evaluación Nacional de Logro Académico en Centros Escolares (ENLACE) confirman la crisis, al menos en primaria y secundaria.


A través de la Alianza por la Calidad de la Educación, que inicia en el ciclo escolar 2008-2009, la SEP y el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación Nacional (SNTE) buscan generar “un cambio histórico” en materia de educación. La base a remontar, sin embargo, es muy baja.


ENLACE, OTRA CRISIS EN CIERNES
Los retrocesos en la enseñanza y aprendizaje de español y matemáticas al menos en el 70% del total de alumnos evaluados en cinco de los nueve grados de educación básica exhibieron un nivel de insuficiencia.


En niveles superiores, los problemas siguen. Los mexicanos que logran llegar a la universidad no están matriculados en carreras de corte científico que impulsen la innovación, según Drucker. Sin embargo, el Programa Nacional de Programas de Calidad, de acuerdo con información del Conacyt, ofrece algunos datos que podrían ser el comienzo de un cambio en esta tendencia. A julio de 2008, de 1,072 programas, más de 525 maestrías, doctorados y especialidades se dirigen a ciencias aplicadas y sólo 336 a Humanidades y Ciencias Sociales. El resto se estudia en las llamadas ciencias básicas.


Sin embargo, siguen siendo pocos los mexicanos que logran cursar una maestría o un doctorado, sin importar la disciplina. El país, además, no se ha beneficiado del todo de este capital intelectual de alto nivel. Según el Conacyt, en los últimos 37 años, México perdió más de 2,100 científicos y una inversión de 1,140 mdp. Se trata de doctores en ciencias exactas y sociales que han decidido permanecer o migrar a otros países para consolidar mejores oportunidades económicas y profesionales.


“Efectivamente allí también hay una política tonta, el Estado ofrece becas para maestrías y doctorados pero una vez que terminan esos mexicanos no tienen en donde trabajar porque no hay una política de estado para que los nuevos profesionistas de alto nivel tengan dónde trabajar”, dice René Drucker.


La Dirección Adjunta de Desarrollo Científico y Académico del Conacyt es responsable, desde 2001, de coordinar un programa de repatriación y retención de investigadores mexicanos, con el objetivo de reincorporar a las instituciones mexicanas de investigación científica y de educación superior a mexicanos con estudios de posgrados. Con este esfuerzo se busca incrementar y reforzar el desarrollo de la actividad científica del país para elevar la docencia y apoyar la formación de recursos humanos.


Pero el capital social –compuesto por la confianza en las instituciones dedicadas a administrar la economía, a la impartición de justicia y el Estado de Derecho de un país– también está en riesgo. Es el mismo fenómeno de confianza y perspectivas de desarrollo el cual, según el BM, permite que un migrante mexicano en EU sea hasta cinco veces más productivo al cambiar de país. No se trata de una condición vinculada con la tecnología o la infraestructura sino con la perspectiva de la riqueza intangible a la que se tiene acceso en EU, a pesar de los problemas que ahora enfrenta esa economía.


El BM ha clasificado el capital social – uno de los componentes del capital intangible— como la confianza de los habitantes en su propio país y su capacidad para trabajar en pos de un objetivo común. De acuerdo con la encuesta más reciente sobre el tema realizada por el centro de análisis y opinión de mercados Parametría, los estadounidenses confían mucho más en su gobierno que los mexicanos en el suyo. El 56% de los estadounidenses confían siempre o casi siempre en lo que hace el Estado, mientras que en México, esta proporción fue apenas del 21%.
Según Parametría, en otro sondeo, la Presidencia de la República se encuentra entre las instituciones de mediana confianza del país.


Por ello, si se busca mejorar la expectativa de riqueza intangible y el capital que ofrece la economía mexicana, dice Drucker, el gobierno federal debe poner en marcha una planeación de largo plazo; un proyecto de vinculación real entre la academia y el sector productivo.


“Yo empezaría con 100 empresas, pequeñas y medianas, aprovecharía el programa de repatriación del Conacyt para ubicar a los doctores que se han preparado en el extranjero en esas empresas y que comiencen a generar círculos virtuosos de innovación pero en el sector privado. El gobierno pagaría un tiempo los salarios de esos doctores y no necesitaríamos más de 1,000 mdp para detonar un cambio, mucho menos que lo invertido en el subsidio a los combustibles. Eso sí sería hacer política pero en serio”, dice Drucker, un científico mexicano que ha contribuido a investigaciones para encontrar una cura a enfermedades neurodegenerativas como el mal de Parkinson.

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